“Me atrevería a decir que anónimo, que tantos poemas dejó sin firmar, era a menudo una mujer.”

Esta frase me vino a la mente mientras tomaba un café y pensaba: ¿alguna vez en la historia la mujer tuvo tanto o más poder que el hombre? ¿Y si fue así, en qué momento lo perdimos? ¿Cómo sería un mundo gobernado en su mayoría por nosotras las mujeres?
Hubo épocas y culturas en que la mujer se erigió como una figura de mucho poder, y sobre todo político, como es el caso de Cleopatra, la Reina Isabel I de Castilla, o Isabel II de Inglaterra, y en tiempos más modernos Tacher, Merkel, Bachelet y Clinton. En todo caso, ninguna de ellas se lo hizo heredar a otra,

sino que, transcurrido su tiempo, las aguas volvieron a su legítimo cauce.
Las mujeres nunca han tenido genéricamente poder, y aquellas que lo han alcanzado, lo han hecho por ex-cepción. En ausencia de varón, una mujer puede subir al trono, pero no significa que las mujeres en su conjun-to lo hagan. Solo las que son especiales porque forman parte de líneas dinásticas en las que los varones que podían heredar se han extinguido, o en aquellas estirpes en donde se sacraliza el poder. También debemos re-cordar que lo común era que la mujer no jugara en el terreno del poder explícito sino en el de la influencia, como las madres tras el trono o las esposas del harén que movían los hilos en la oscuridad, y en su mayoría, en estados autocráticos.
Sin embargo, nuevas formas de gobierno y la decadencia de la explicación religiosa del mundo han hecho nacer la idea de una ciudadanía compartida. Al mismo tiempo, se sabe que las mujeres han luchado por sus derechos civiles y políticos y en buena parte del mundo lo han conseguido.
Las mujeres de todas las democracias han aumentado asombrosamente sus capacidades educativas para alcanzar igualdad, derechos, oportunidades y respeto. Las nuevas líderes no son epicleras sino demócratas por la vía corriente en que se forman sus iguales.
Sin embargo, nuestra presencia es aún escasa y es por esta razón que debemos seguir unidas para que la regla sea el mérito y no el sexo. Es nuestra sensibilidad ante todo lo que nos rodea lo que nos hace especiales e indispensables para el bienestar social, para el fortalecimiento de las comunidades y la protección del planeta.

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