¿La vendo?, ¿O me la quedo?

En estos días me adentré en un viaje a Puerto Cabello, una ciudad a las afueras de Caracas a la que se llega en tres horas, en carro y sin tráfico.

¿Mi misión? Ver en qué estado se encontraba la casa en la playa que papá me dejó luego de morir inesperadamente una mañana de mayo, y encontrar a alguien del pueblo que quisiera comprarla. Ya son más de siete años que nadie vive en ella, así que podrán imaginarse el deterioro. Paredes desgastadas, puertas oxidadas por el salitre y hasta un murciélago revoloteando feliz en la oscuridad de un cuarto abandonado a su suerte. Al llegar, sentí una fuerza infinita que me movía a inspeccionar el sitio. Fue al abrir su closet y ver todos sus libros intactos cuando caí de rodillas por el dolor y la nostalgia.

Papá había dejado una colección invaluable de textos que lo habían formado como uno de los mejores capitanes de navío en la historia de la Naval venezolana. Un milagro que el comején no hubiese acabado con todo aquello. Me permití sentir la tristeza de su partida una vez más, pero no me derroté en ella. Más bien, me levanté decidida a honrar aquello que él tanto amaba y me propuse donarlos a la Escuela Naval, quienes mostraron un agradecimiento genuino reconociendo que muchos otros familiares prefieren lanzar tanto conocimiento en bolsas de olvido, bien sea por flojera o ignorancia.

Ahora que estoy en casa, reflexiono sobre las innumerables veces que estando en vida no valoré los sueños de papá, ni sus acciones, ni proyectos. Lo desestime tantas veces y en tantas ocasiones que me pregunto si eso forma parte de ser joven, insensible o idiota. Quisiera pensar que se trata más bien de esa idea absurda que nos hace ver a nuestros viejos invencibles, como si la muerte no fuese parte de su programa de vida.

Papá siempre fue un hombre conectado con Dios, y con esa fuerza infinita que nos da vida aquí y en el más allá, si no, miren esa foto de él, siempre señalando al cielo como único testigo de una vida significativa, llena de amor, generosidad, humildad y algarabía. Por lo pronto, me pregunto si venderla o dejarla allí para lanzar ancla, izar bandera y quedarme en ella.

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