Escombros y bandera de Venezuela tras el terremoto en La Guaira
Julio nos ha recibido con un recordatorio implacable de nuestra propia fragilidad. Hace apenas una semana, la tierra se abrió y rugió en La Guaira, Venezuela. Dos terremotos. Pero las verdaderas réplicas no solo agrietaron el concreto; se ensañaron con el alma de los que nos quedamos de este lado de la existencia. Hoy, este espacio no nace de una luz ligera, sino de la penumbra de un luto que me toca de cerca, la trágica e increíble partida de la madre de una buena amiga, Ariana. Una historia atrapada en los girones de la ironía más oscura de la vida.
Lectura recomendada
Hay silencios que duelen más que cualquier estruendo, e ironías que parecen escritas por un destino caprichoso y cruel. Semanas antes del desastre, la mamá de Ariana le había pedido viajar a México para visitarla. Ariana, buscando protegerla con ese amor de hija que intenta anticiparse a las sombras, le pidió que se quedara: “No, mamá, quédate en Venezuela. Tengo un seminario en México y me da terror que un terremoto te sorprenda sola en mi edificio”. La vida, con su caligrafía misteriosa, se burló del miedo. Intentando salvarla de un sismo en el extranjero, el destino la citó con la muerte en su propia tierra.
La escena final parece extraída de una película de realismo mágico, hermosa y lúgubre a la vez. La encontraron sentada en una silla, intacta, suspendida en el tiempo. A su lado, dos de sus mejores amigas compartían el mismo final. Ese día estaban celebrando un cumpleaños. Brindaban por la vida, riendo, cuando la tierra decidió que ese era el último acto.
En medio de esa oscuridad, donde la tragedia disuelve la dignidad y miles de cuerpos se pierden de forma anónima en la frialdad de las fosas comunes, ocurrió un milagro doloroso. Dios bendijo a Ariana con la fuerza para no dejar que el olvido se tragara a su madre. Entre el caos y los escombros, movió cielo y tierra, consiguió un carro, la trasladó a Caracas y logró cremarla. Le otorgó el descanso sagrado y el respeto que merecía, arrebatándole de un destino masivo y desolador.
Esta tragedia nos deja con el corazón arrugado y la certeza de que no controlamos absolutamente nada. Pasamos los días buscando la aprobación del mundo y planeando futuros perfectos, ignorando que la muerte no avisa, y a veces se disfraza de rutina o de fiesta.
Hoy mi Happyando es una vela encendida en la oscuridad. Una oración por esas tres almas que se marcharon y por las mil más que las acompañaron. Abracemos hoy a quienes amamos, porque la vida es un soplo que se desvanece en un segundo.
