Cuando Gastón y Delia, de Latina Noticias, me escribieron pidiéndome el artículo de agosto, fui brutalmente honesta, mi inspiración no está de vacaciones; está en coma profundo y no entregué nada. Luego llegó septiembre, y la situación solo había empeorado. Ahora mi creatividad había sido ejecutada sumariamente por la vida adulta.
No es solo la menopausia pasándome la factura biológica con su arsenal de síntomas, sino que también le vendí mi alma al diablo en un contrato de trece horas diarias, de lunes a viernes. Un pacto faustiano que incluye dos horas de autopista al día, una de ida y una de vuelta, y donde mi mayor interacción con la naturaleza es el humo del tubo de escape del carro de enfrente. Casi no veo el sol. Si la fotosíntesis fuera obligatoria para los humanos, yo ya sería un fósil.
¿Mi trabajo? Soy la navaja suiza de una casa descomunal. Soy chofer, ama de casa, lavandera, cocinera, asistente personal, baby sitter y ejecutiva de logística doméstica. En resumen, hago absolutamente todo lo que una madre hace gratis, solo que a mí me pagan. Y hay que reconocer la ironía del capitalismo gano sustancialmente más como sirvienta de lujo de lo que sueñan muchos profesionales con maestrías, doctorados y títulos universitarios colgados en la pared acumulando polvo. El mercado laboral es un chiste oscuro, y yo soy el remate.
Tengo bajo mi custodia a un niño de dos años y medio con un carácter aterrador, y a un recién nacido que, cuando la enfermera no está, pasa a ser mi responsabilidad.
Al llegar a mi casa, el único deseo que me queda es colapsar en la cama y fingir mi propia muerte durante ocho horas. Decir que no tengo nada que escribir es quedarse corta; no tengo ganas ni de pensar.
Sin embargo, supongo que la creatividad es un parásito terco. Si ya no puedo volcarla en metáforas elaboradas o artículos profundos, la obligo a sobrevivir en las trincheras. Se manifiesta en las recetas improvisadas que invento para la cocina, en los dulces que les preparo a los niños para sobornar su cordura, o en el acto casi poético de comprar flores frescas para que una casa ajena huela a vida mientras la mía huele a agotamiento.
Quizás sí tengo algo que escribir. Quizás esto sea todo lo que hay, la historia de cómo cambiaste el talento literario por pagar las cuentas a tiempo, descubriendo en el proceso que, a veces, sobrevivimos creando pequeñas obras de arte que nadie va a leer, pero que al menos se pueden sentir o comer.
Happyando con Mariana · Mariana Carles · carlesmariana@gmail.com
