Yo estaba durmiendo como duerme la gente común que no
espera que le cambien el país a las dos de la mañana. De
pronto, una vibración con un sonido seco. Nada dramático.
Lo atribuí a mi sueño, que a veces tiene efectos especiales.
Intenté volver a dormirme. Error. El segundo sonido ya no
dejó espacio para la imaginación: eso era una bomba. Y
empezó el esfuerzo automático por llamarlo de otra manera:
¿Un tumbarrancho? ¿Un triquitraqui huérfano del treinta y
uno de diciembre? Me levanté, me asomé al balcón y fue
cuando el pecho me dio un brinco. El nuevo sonido no era
de pirotecnia, eran aviones. Muchos. Aviones que no se
veían, pero se escuchaban, como pasa siempre con las cosas
importantes en Venezuela: no se ven, pero hacen ruido. Uno
tras otro. Y entonces otro boom, por si todavía tenía alguna
duda.
En ese momento le escribí a mi mamá, que estaba en Miami,
como si ella pudiese hacer algo por mí. “Mami, hay
explosiones, aviones sobrevolando la zona, nos están
bombardeando”. Ella dormía. Se enteró al día siguiente a las
diez de la mañana, con café en mano, cuando ya Maduro y
Cilia estaban rumbo a Nueva York. Después sonó el
teléfono. Un amigo. Luego una amiga. Luego otro y otro. Y
así, como manda la tradición, nos enteramos por redes
sociales de que Venezuela estaba siendo atacada. Porque
aquí las guerras no se anuncian por cadena nacional sino por
WhatsApp, Instagram y audios de cinco minutos que
empiezan con “no sé si esto es verdad, pero…”.
Desde el balcón vi humo, humo real de una bomba que
después me enteré de que había caído en el Fuerte Tiuna.
Me asusté mucho. Estaba en pijama, y decidí ponerme los
zapatos por si tenía que salir corriendo. ¿Para dónde? No lo
sé, pero me dio por ponérmelos, como si el simple acto de
amarrarme los cordones aclarara el panorama nocturno.
Seguía la información cruzada: versiones y teorías. Hasta
que me venció el sueño y me volví a quedar dormida.
Desperté a las 8 de la mañana, con la noticia de que el
dictador y su esposa habían sido capturados por los marines
y extraídos del país.
Hoy, una semana después de los ataques, la gente no ha
salido a la calle a festejar. No porque no quiera, sino porque
el temor sigue en las calles. Hay temor a represalias de
grupos armados que todavía andan por ahí, como los malos
hábitos que no se van fácilmente. También hay incredulidad,
porque llevamos casi treinta años creyendo que “ahora sí”.
En Venezuela hay miedo, incertidumbre e inercia. Pero
incluso así con pijama, zapatos puestos sin destino y noticias
que parecen chistes mal contados nadie nos quita la
esperanza. Porque si algo ha demostrado este país es que
puede estar bombardeado, confundido y exhausto…pero
todavía no resigna a ser liberado.
