Hace años, mi exnovio y yo éramos una combustión constante; cuatro años en una relación que prometía. Luego vino la separación, y mi huida de Caracas. Pero la nostalgia es un bicho que muerde fuerte, y regresé a este valle de fuego y asfalto buscando las cenizas de lo que fuimos.
Lo que encontré fue una nueva especie de amor, una criatura mitológica que no sé si clasificar en el estante de la ternura o en el de la psiquiatría.
“Te amo profundamente” me dijo él, con la mirada limpia, pero ya no te deseo como mujer.
Es una frase que debería caer como un hachazo, pero en la penumbra de nuestra extraña cotidianidad, suena a confesión religiosa. Ahora, nuestra dinámica es un híbrido surrealista.
Me visita, vemos películas bajo la misma manta y me masajea los pies con una devoción franciscana. Me besa la cara todo el día, me abraza fuerte y firme y dormimos en la misma cama como dos hermanos que se encontraron en casa de sus padres luego de muchos años.
Lo más oscuro y lo más cómico ocurre cuando me desvisto frente a él. La desnudez, que antes era una declaración de guerra o una invitación al banquete, se ha convertido en algo tan erótico como un codo o una rodilla.
Me mira con la misma paz con la que uno observa un paisaje familiar o a una hermana pequeña. Para él, soy un monumento nacional, me admira, me cuida, pero jamás piensa en profanar la estatua.
No les voy a mentir, a veces, mis hormonas deciden rebelarse. Sobre todo, cuando recién levantado se pasea por la sala de mi casa en ropa interior, mostrando la magnitud de su virilidad con una indiferencia que duele.
Es una exhibición de «Naturaleza muerta con erección matutina». Él ni se inmuta. A mí, en cambio, se me aflojan las costuras del alma, me dan ganas de consumirlo, de recordarle que bajo esta piel todavía siento.
Pero él se mantiene en su orilla de afecto puro, una suerte de monje del cariño que me recuerda lo hermosa que es mi compañía mientras me arropa con una ternura que me indigna a veces
He decidido quedarme en este limbo, disfrutando de su cariño y sus mimos de hermano casto. Es una dulce espera, un entrenamiento en la paciencia, mientras manifiesto a ese otro el que está por llegar que sepa protegerme y desearme con la urgencia de quien tiene hambre y ha encontrado, por fin, el festín.
