Hablar con Kamankola es entrar en un territorio donde la palabra respira, duele y se rebela. El cubano Jorge Lian García Díaz es músico, poeta y cronista emocional de una generación marcada por la búsqueda y el desarraigo. Ha construido una obra que no se parece a ninguna otra.
Su voz, áspera y luminosa a la vez, atraviesa fronteras físicas y simbólicas, y convierte cada canción en un acto de memoria y resistencia.

En esta conversación, Kamankola se abre desde la honestidad que lo caracteriza, explorando sus procesos creativos, sus heridas, sus migraciones y la manera en que la poesía sigue siendo su refugio más fiel.
Tu obra mezcla música, poesía y una mirada muy personal sobre Cuba y la vida. ¿Cómo describirías el punto exacto donde se encuentran tu voz artística y tu voz humana?
Mi voz artística y mi voz humana no se encuentran en un punto intermedio: son exactamente la misma. Mi arte describe mi vida, y mi vida termina reflejándose en lo que creo. Para quienes hacemos arte desde la honestidad más pura, separar al artista del ser es casi imposible.
Somos, inevitablemente, lo que contamos. Cada canción, cada poema, es una extensión de nuestra propia historia, pero también parte de una historia más grande que nos atraviesa a todos.
Muchos de tus textos hablan de memoria, dolor, resistencia y ternura. ¿Qué papel juega la vulnerabilidad en tu proceso creativo?
La vulnerabilidad es inevitable en mi proceso creativo. No puedo evitar sentir sensibilidad por lo que ocurre a mi alrededor, incluso cuando no me toca directamente. Esa apertura me vuelve vulnerable, sí, pero también me impulsa a sumergirme en inspiraciones que, muchas veces, nacen del dolor.
El arte, sin embargo, no solo se escribe desde la herida; surge de todos los colores. Y asumir todos esos matices, los luminosos y también los grises, es parte de lo que me permite crear con honestidad.
Tu generación ha vivido transformaciones profundas dentro y fuera de Cuba. ¿Cómo influye ese contexto en lo que escribes y en cómo te relacionas con tu identidad?
Ese contexto influye en todo. Soy parte de un país y de una generación que se transforma constantemente, y yo me transformo con ella. Me siento de dentro y de fuera al mismo tiempo; soy de Cuba, pero también soy del mundo.

Mi identidad está en movimiento. Intento ser cada vez mejor persona, mejor ser humano. Ese es mi ideal. Antes que artista, mi propósito es ser humano, y desde ahí escribir, cantar y mirar la vida.
Tus canciones tienen una fuerza escénica muy particular, casi teatral. ¿Qué buscas provocar en el público cuando te subes al escenario?
Cuando me subo al escenario solo intento que el público escuche mi alma. Busco esa transparencia absoluta donde mi canto y mi verso se convierten en una verdad contada por mí, pero que también pertenece a muchos.
No tengo otra pretensión que lograr una conexión latido a latido. Mis canciones son una forma de nombrar la historia, el dolor, el amor, el silencio y el grito. Siempre hay alguien que se reconoce en esa verdad, porque también es la suya. Y cuando eso ocurre, algo despierta: una conciencia, una emoción, una respuesta que cada quien descubre a través de mis canciones.
Si tuvieras que definir el momento artístico en el que estás hoy, entre la migración, la madurez y la evolución creativa, ¿cómo lo nombrarías?
Lo nombraría simplemente <strong>“vida”</strong>. Estoy viviendo mi propio momento en la historia, caminando sobre el tiempo que me toca. Todo está sucediendo como tiene que suceder, y está pasando a través de mí. Mi deber es estar presente, ser parte del proceso, asumirlo y dejar que también me transforme.
¿En qué proyectos estás trabajando en estos momentos?
Ahora mismo estoy terminando un libro y un nuevo álbum. Es otra recopilación de crónicas, de momentos, de fragmentos de vida narrados desde mi arte. Son historias que me atraviesan y que necesito dejar por escrito y por canción, como una manera de documentar este tramo del camino que estoy viviendo.
Acercándonos un poquito a Jorge García fuera de lo profesional, ¿qué te gusta hacer en ese tiempo libre que queda por ahí?
Me gusta escuchar.
¿Por qué Kamankola?
Siempre en mi barrio, el Cerro, en Cuba. Soy defensor de la jerga callejera. Kamankola significa intriga, lío, y así son mis canciones y poemas: una mezcla de géneros y letras.
Escuchar a Kamankola es recordar que el arte no siempre nace del aplauso, sino de la necesidad. Su música y su poesía son testimonio de un tiempo convulso, pero también de una sensibilidad que se niega a apagarse. En cada verso, en cada acorde, hay un país que se lleva dentro, un duelo que se transforma y una esperanza que insiste.
