Les cuento que me vine a pasar unos meses en Caracas, justo ahora, en esta encantadora incertidumbre geopolítica, cuando al gobierno de Trump se le ocurrió que la mejor manera de entretenerse era enviando barcos y aviones a merodear por el Caribe. Yo, por mi parte, vine a pasar las Navidades, a visitar amigos, y a recordar mis lugares favoritos.
La ciudad me recibió con su habitual bipolaridad tropical, calles tranquilas como si reinara la paz mundial, pero con ese aroma a “aquí puede pasar cualquier vaina en los próximos diez minutos”.
Porque Caracas siempre está en un equilibrio raro entre todo está bien y agárrate que allí viene.
Lo primero que noté fue que los restaurantes lucen desiertos.
Parecen escenarios de una película donde todos ya evacuaron, menos el menú.
No por rumores bélicos, sino por algo mucho más contundente, las personas simplemente no tienen ganas ni presupuesto de gastar afuera.
Entre el dólar que sube, el sueldo que no alcanza y el cerebro económico haciendo matemáticas de guerra fría, uno piensa dos veces antes de comerse una hamburguesa que cuesta lo mismo que un mercado pequeño.
Muchos están con ese miedo pasivo-agresivo de que, si estalla la guerra entre los gobiernos de aquí y los de allá, los agarre haciendo cualquier cosa a cuarenta minutos de su casa. ¿Y si explota la guerra y yo estoy aquí, en La Guaira?” dicen. Porque el venezolano ama la playa, pero no tanto como para morir ahí.
Otros, más previsivos o más dramáticos —nunca se sabe— están en modo prepper criollo, comprando comida, papel tualé, cloro, agua mineral y todo lo que suene a supervivencia, “por si acaso uno queda encerrado” y “por si todo cierra”. Caracas es la única ciudad donde uno entra al supermercado por pan y sale con cuatro kilos de pasta y una linterna por si se acaba el mundo esa noche.
Y si te quedaste pensando que es un prepper criollo, es ese venezolano que llena la despensa “por si acaso”, compra velas y pilas como si fueran oro. Tiene los bidones listos, aunque no haya racionamiento de agua. Se sabe todos los trucos para sobrevivir sin luz, sin agua y sin wifi, y siempre dice frases como: “Uno nunca sabe”, “Mejor que sobre”, o “Esto no se pierde”.
Aun así, la gente está tranquila. Camina, conversa, se ríe.
Porque el venezolano tiene la magia absurda de hacer chistes mientras el país arde, de encontrar alivio en el desastre y de seguir viviendo mientras todo suena a amenaza internacional.
Yo, por mi parte, sigo aquí, trabajando, riendo con mi socia de @Coroticka, visitando a los que quiero, y recordando que Caracas, con todo y su locura, sigue siendo ese lugar extraño al que siempre quiero regresar.
