El torneo internacional que se jugará en 2026 no es
simplemente la próxima cita del fútbol entero, es el
experimento más grande que la FIFA ha hecho en décadas.
Con 48 selecciones, tres países anfitriones y más de cien
partidos por jugarse, la copa del mundo ingresa en una nueva
era donde el deporte, la economía y la tecnología se
entrelazan como nunca antes.
Estados Unidos, México y Canadá serán el territorio donde
se pondrá a prueba si el fútbol puede expandirse sin perder
su esencia, o si la ambición terminará alterando el corazón
del torneo más visto del planeta.
Uno de los aspectos que más genera interés en este nuevo
formato es la extensión a 48 equipos que promete
oportunidades históricas para países que normalmente miran
el mundial desde casa, pero también plantea el riesgo de
congestionar el calendario y disminuir la competitividad.
A esto se suma el aumento a 104 partidos, En este grupo
histórico de sedes, el territorio estadounidense concentra la
mayor parte del protagonismo albergando 78 encuentros, lo
que representa aproximadamente el 75% de todos los
partidos del torneo. Mientras tanto en México y Canadá
asumen un papel más pequeño, pero simbólicamente
importante, con 13 partidos cada uno, equivalentes al 12,5%
del total en sus respectivos territorios.
Esta distribución refleja no solo la infraestructura disponible,
sino también el peso que Estados Unidos tiene como eje
logístico y económico de la copa del mundo 2026. Un reto
que empuja a las tres sedes a coordinar el transporte,
seguridad, tecnología y sostenibilidad bajo estándares nunca
antes visto.
Sin embargo, el torneo también abre una puerta interesante,
una infraestructura más moderna, estadios colosales que
prometen una competencia más justa y eficiente.
En la fase de grupos se inaugura un formato que desafía
todos los esquemas previos. La primera etapa se convierte en
un escenario diferente y exigente, donde conviven potencias,
aspirantes y debutantes. Cada partido requiere de un
esfuerzo mayor por los equipos, no solo por los puntos, sino
por la necesidad de administrar un calendario más extenso.
El mundial inicia así con una mezcla de sospechas y
oportunidades.
El avance de los dos primeros de cada grupo, más los ocho
mejores terceros, introduce una lógica razonable y
competitiva única. Los equipos deberán jugar con precisión,
conscientes de que un gol puede redefinir su futuro en el
torneo. Este formato amplía las posibilidades, pero también
eleva la presión y el desgaste. La fase de grupos será, en
esencia, el gran filtro que revelará si la expansión fortalece
el espectáculo o lo vuelve un desafío de resistencia.
Al final, el mundial 2026 no solo será un espectáculo
futbolístico, sino un test para el mundo que medirá la
capacidad del deporte para crecer sin deformarse, para
integrar nuevas audiencias sin olvidar a las que ya tiene y
para demostrar que la grandeza también puede ser
sostenible. Será, en esencia, la copa del mundo que definirá
cómo queremos vivir el fútbol en las próximas décadas.
