ME ENAMORÉ, ME ENA ME ENAMORÉ (primera parte)

En mi columna anterior les hablaba de mi visita por Caracas y de lo caro que se ha vuelto vivir en ella. Lo que no les conté fue la razón principal de mi viaje y la movilización entre cielo mar y tierra que hice para poder conocer a quien se ha convertido en mi nuevo amor. Su nombre no es relevante en este momento.


Más lo es la historia que hemos vivido durante un año y la materialización de meses de incertidumbre en el ciberespacio, sin visas, ni pasaportes ni posibilidades de tocarnos.


Todo empezó un cinco de octubre con una solicitud de amistad por Facebook que se extendió a mensajes más atrevidos por WhatsApp, y luego a largas horas de videollamadas donde comenzamos a enamorarnos sin querer.


Ya en enero, tres meses después, nos comenzó a entrar la desesperación de la imposibilidad. Él no tenía pasaporte vigente, que en realidad era lo de menos ya que lo grave del asunto era que tampoco tenía visa americana. Eso me convertía a mí en la única posibilidad de hacer algo para conocernos personalmente, pero yo también tenía el pasaporte vencido, y en plena pandemia todas las oficinas estaban cerradas.

Nos tocó cultivar la paciencia, algo innato en él y tan ausente en mí que terminó por separarnos. Nos volvimos intermitentes, lejanos, cercanos. No teníamos nada claro. Creo que lo único que sabíamos era que habíamos aprendido a querernos.


Ya en septiembre, y sin posibilidades concretas de conocernos en persona, tomé la decisión de darle un voto de confianza al amor. Alquilé mi apartamento, compré un boleto aéreo a Venezuela y sin decirle nada me le aparecí de sorpresa en un concierto donde él tocaba la batería esa noche de mi llegada. Logré contactar a alguien de seguridad y llegar a los camerinos donde estaban todos alistándose para tocar. El guardia lo señaló: – “Es ese”. Me acerqué y cuando volteó a verme no me reconoció. Claro, recuerden que jamás nos habíamos visto en persona, además yo tenía la máscara puesta. Me la bajé y Efrain se llevó las manos a la cabeza y al unísono pronunciaba una palabrota del tamaño de la sorpresa. Nos abrazamos entre nervios, trasnocho y asombro.


El resto de la historia se las debo. Por ahora, seguimos juntos, reconociéndonos, y apostando al amor porque historias cómo está no se oyen todos los días.

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