La ciudad más Cara (cas) del mundo

Estoy feliz porque nuevamente recorro las calles de mi hermosa pero maltratada Caracas, la ciudad que me vio nacer. Desde mi ventana escucho la exquisita fauna que navega la montaña en donde vivo, también veo el imponente cerro Ávila con su cruz de diciembre y al lado, el hotel Humbolt, ambos iluminándonos a más de siete mil metros de altura.

Mientras tanto, nosotros abajo, desembolsillando dólar tras dólar en una ciudad que se ha vuelto la más cara del mundo, o por lo menos del mío, y mira que vengo de Miami. Apenas tengo siete días viviendo en ella y llevo más de mil dólares gastados entre dulces, algunas comidas con amigos, dos centros de piso destapados, una batería de carro y la mujer que ayuda con la limpieza.

Un buen ejemplo de lo surreal que puede llegar a ser esto es el precio de unas rosas que quería comprar de regalo.  Dos dólares por rosa y diez dólares un grupito de eucaliptos que las acompañarían.

En total, hubiesen sido treinta y cuatro dólares por un ramo tan sencillo. No lo podía creer. Le agradecí a la señora su esfuerzo de empresaria y me alejé en cámara lenta con las manos vacías buscando qué llevarle a mi tía, quien ahora se tendría que contentar con otro tipo de detalle como unos dulcitos de pastelería que aún conservan algo de decencia en su precio.

Otro día, me senté en un cafecito y cuál fue mi sorpresa cuando un marrón pequeño me costó cinco dólares. Luego, en el mercado, un turrón de Alicante, siete dólares, un surtidor para la poceta cuarenta dólares, y un bombillo seis dólares. En un restaurante familiar, una carne con papas fritas y ensalada para dos personas, ochenta dólares.

Y para cerrar con broche de oro, me tocó recorrer la ciudad un poco angustiada, buscando una bomba de gasolina abierta para llenar el tanque de mi carro que le quedaba menos de un cuarto y por el que pagué veinte dólares en un país productor de petróleo y en donde la pensión es de dos dólares mensuales. Tienes que estar aquí para entender un fenómeno que cuando te lo cuentan parece difícil de creer y hasta kafkiano, y tan cierto que es.

Yo decidí enfocarme en lo bueno, en el venezolano noble, siempre de buen humor, con ganas de trabajar, ayudar, y compartir, en sus paisajes majestuosos, su clima inigualable y el cariño de las amistades que me quedan. Porque eres y siempre serás mi Caracas.

Mariana Carles / carlesmariana@gmail.com

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